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Lunes, 15 Enero 2018 09:10

Carlos Paez Vilaro - Su Arte Recorre el Mundo

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Carlos Paez Vilaro - Su Arte Recorre el Mundo

Andrea Marin Julio Perez

 

 

 

 

 

 

Carlos Páez Vilaro, el reconocido artista internacional, erigió en Punta Ballena, a trece kilómetros del centro turístico de Punta del Este, su obra más emblemática, Casapueblo. La misma está considerada como un centro cultural excepcional, que ideo y dirigió personalmente. A mediados del 2014 asistimos en la Liga de Fomento de ese balneario internacional uruguayo a un homenaje que se le brindo y pudimos dialogar con su hija, Ago, quien sigue los pasos –en el arte- de su padre.


Coordinamos con ella su visita, a la Patagonia argentina, lo que concreto a Viedma, la capital de la provincia de Rio Negro y al balneario Las Grutas, donde además de dejar su impronta artística, asistió a la recordación que hacia veinticinco años Carlos Páez Vilaro estuvo en el balneario rionegrino, dejando dos obras suyas: en el aeropuerto y en la delegación municipal. Este hombre excepcional fue pintor, escultor, muralista, escritor, compositor y director, pero quizás algo que lo entusiasmo y compartió hasta sus últimos días fue participar del carnaval, en Montevideo, participando por las calles tocando su tamboril.

 

Lo motivaba y no por algo cuando descubrió el folklore uruguayo, en la década del 40, se motivó por el candombe y la comparsa. Y así fue como se vinculo a la vida del conventillo de la capital uruguaya “Mediomundo”, una casona en la que habitaban familias afro-descendientes, donde instalo su atelier de pintura. Fue una de las figuras más representativas del carnaval uruguayo, participando hasta unos días antes de su muerte de los desfiles por las calles montevideanas de las tradicionales “llamadas”. Fue en la década del 50 cuando tuvo relación con figuras de renombre mundial, como Picasso, Dalí, De Chirico, visitándolos –entre otros- en sus talleres.


Recordaba con entusiasmo que Pablo Picasso lo invito a su taller de “Villa California”, en los Alpes Marítimos. Tras un paso por Brasil, fue al Africa, donde recordaba sus vivencias en Senegal, Liberia, Congo, Camerún y Nigeria.


En todos esos países dejo pinturas y murales, relacionados con la lucha de los africanos por su libertad. Cabe destacar que el entonces director del Museo de Arte Moderno de Paris, Jean Cassou, lo invito a que exhibiera su obra en la Maison del Amerique Latine. Esto le abrió las puertas para que fuera con sus obras a otros países europeos y a los Estados Unidos.

 

También llevo sus exposiciones a la Biblioteca Nacional de Beijing; en el Opera House de El Cairo y en el Palacio de la Creatiidad en Alejandría. Manifestaba sus deseos de poner su pintura al alcance del pueblo, pintando murales en aeropuertos, hoteles, hospitales y edificios en general en distintos lugares del mundo. Uno de los más grandes fue el que realizo en Washington, en 1960, en el túnel de la Organización de Estados Americanos.


Se la considero en su momento como la más larga del mundo, ya que tenía 160 metros de extensión. Con la colaboración de estudiantes de la Corcoran Art, pudo hacer ese mural al que nomino “Raíces de la Paz”, plasmando escenas referidas a la integración social, cultural y económica de los países americanos, enfocándose al respeto a la libertad de expresión, de culto y de ideales.

 

En 1967 asistió al cierre del festival de Cine de Cannes, con su filme documental sobre sus vivencias recogidas en el continente africano, al que titulo “Batouk”. Tuvo amplia repercusión su tozudez y sus vínculos espirituales, cuando insistió en la búsqueda de su hijo, perdido en la cordillera de los Andes, cuando un avión uruguayo se precipito a tierra. Cuando tras tres meses de búsqueda se reencontró con Carlos Miguel Páez, dijo que nunca había perdido la fe en encontrarlo porque tenía a Dios de “copiloto”. De sus innumerables vivencias, podemos mencionar –entre tantas anécdotas- que siendo joven vivió en Buenos Aires, trabajando en una fabrica de Avellaneda, donde ganaba treinta centavos; que después se fue a Córdoba, recorriendo la provincia para vender velas con su valijita; que en la imprenta Fabril Financiera conoció a los dibujantes Lino Palacio, Dante Quinteros, Divito “los admiraba, quería ser como ellos”, narraba pero otro hecho inédito: hizo una película en Paris –Une Pulsation- con imágenes que recogió por el mundo y con música de Astor Piazzola.

 

Conoció a innumerables figuras internacionales, entre ellas Brigitte Bardot y Fidel Castro. Cuando estuvo en el balneario Las Grutas –invitado por el entonces gobernador de la provincia de Rio Negro, Horacio Massaccesi- para dejar algunas pinturas en ese lugar, nos manifestó que había descubierto un sitio distinto. Como no recordar cuando nos expresaba que parado en la playa y mirando el horizonte –debido ha las nubes bajas- le parecía ver veleros que se acercaban con doncellas vestidas de blanco. Pinto dos esculturas, que hoy se conservan, una en la estación aérea del mencionado balneario ubicado en la Patagonia.

 

La otra la realizo en la entonces delegación municipal. Posteriormente ante el cambio de esas dependencias a un nuevo edificio, con un trabajo excepcional fue traslada al nuevo sitio. Al cumplirse veinticinco años de aquellas pinturas, invitamos a su hija Ago, quien también dejo su impronta artística, plasmando un mural. Nos volvimos a encontrar con Ago, en Casapueblo, donde compartimos la clásica puesta del sol, escuchando la voz de su padre haciendo referencias al sol y significando que dejo obras en su camino, dejando un mural en cada lugar que paso.

 

Por eso los murales de este destacado artista que están en Las Grutas, deben ser preservados, pero a la vez resaltados para que los turistas –como ocurre en otros lugares del mundo- sean visitados, ya que son un patrimonio excepcional. También nos comento Ago Páez Vilaro, en su octágono, otra reliquia artística que bien merece ser visita en Punta del Este, que ella sigue los caminos de su padre y le agrada visitar sitios en los que estuvo, para también dejar su arte.

 

 

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