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Domingo, 08 Abril 2018 08:35

Menorca, evaluación personal del destino

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Menorca, evaluación personal del destino

Francisco Muñoz de Escalona

 

 

 

 

 

La isla de Menorca es como un iceberg rocoso de 700 km2 castigado sin piedad por un ventarrón del norte al que llaman tramontana. Su estampa en el mapa tiene una forma casi rectangular quebrada por la mitad extendiéndose de noroeste a sureste con una longitud de menos de 50 km. Con una anchura de menos de 30. Los bordes del rocoiceberg isleño presentan un perfil en sierra gracias a sus numerosos acantilados, sobre todo los del norte, con un inacabable repertorio de calas, algunas casi tan circulares que semejan lagos interiores, y otras tan estrechas y hondas que simulan los caudalosos ríos que la isla no tiene.

 

Menorca disfrutó de una economía ganadera e industrial de cierta prosperidad lo que evitó que tuviera que echarse en los brazos del turismo como hicieron Ibiza y Mallorca. Este hecho ha tenido como consecuencia que las playas y los paisajes naturales estén mucho mejor conservados que en estas. Menorca cuenta, sin exageración, con un medio natural y cultural que para sí quisieran muchos territorios. Por eso no es de extrañar que fuera declarada Reserva de la Biosfera el 8 de octubre de 1993 por la UNESCO.

 

El visitante se ve gratamente sorprendido por un territorio cubierto de pinares y tachonado por asentamientos humanos de una blancura que contrasta con el verdor de sus bosques. La vegetación ha tiempo que dejó de ser la autóctona, constituida por encinas, acebuches, lentiscos y madroños. Solo en lugares muy concretos se conserva.

 

La población de Menorca ronda los cien mil habitantes, lo que equivale a una densidad algo menor de los 150 h/km2. Los núcleos habitados son escasos: Mahón, la capital, en el extremo sureste, y Ciudadela, en el noroeste, son lo principales. Junto a ellos debemos citar Mercadal, Ferrerías, Fornel, San Luis y Castell. Todos ellos ofrecen un urbanismo confortable y de una elegancia pocas veces encontrada en otros lugares de España. Pero, por si fuera poco, es de justicia resaltar la excelencia de sus urbanizaciones, localizadas todas ellas en las espléndidas calas de su litoral. En Menorca no hay, sorprendentemente, esas horribles macrourbanizaciones que tanto empercuden el castigado litoral ibérico. Son citables, obviamente, las viviendas y haciendas rurales diseminadas por el interior contrastando con masas boscosas y praderías dedicadas a la ganadería vacuna y lanar, base de su producción quesera y de su industria del calzado.

 

No hay en Menorca monumentos de gran relieve, aunque tal ausencia queda más que compensada por sus numerosos yacimientos arqueológicos de origen prehistórico como son los talayots, las navetas y las taulas. Su extraordinaria importancia justifica que las autoridades hayan presentado recientemente la petición de que sean declarados Patrimonio de la Humanidad.

 

El reto que afronta Menorca como destino turístico es doble: proteger la elegancia de sus asentamientos tanto permanentes como pasajeros y defender con tesón y esmero su privilegiado medio natural, tan expuesto al peligro de incendios.

 

 

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